Libres de la perfección: Cuidando tu hogar a la manera de Dios
Libres de la perfección: Cuidando tu hogar a la manera de Dios

Libres de la perfección: Cuidando tu hogar a la manera de Dios

Por Ryanne Gonzalez

“Quiero tener una casa tipo Pinterest”. En mis años de universidad esta era la expresión que más repetimos mis amigas y yo. Recuerdo cuando me enseñaron esta aplicación donde podía recopilar todas las ideas sobre lo que quisiera: ideas de recetas, peinados, moda, decoración y hasta la boda de tus sueños. Todo en un solo lugar. Ideas en base a fotos creadas a perfección de un mundo de ideal; de tener la casa ideal, la boda ideal, las recetas perfectamente preparadas, y todo al alcance de tu celular.

Parece un tremendo concepto, ¿no? Sin embargo, aunque herramientas como Pinterest pueden ser buenas y útiles, tienen el potencial de crear mundos ideales respecto a las distintas áreas de nuestra vida. Comenzamos a anhelar tener una vida ideal sin sacrificios, sin costo, sin Cristo; solo una que otra búsqueda en el internet, y he ahí nuestro mundo ideal.

Esclava de la perfección

Recuerdo cuando recién casada, me encontraba constantemente estresándome por que mi casa estuviera limpia y ordenada, y aunque esto en sí no es un problema, mis motivaciones eran las incorrectas. En el fondo quería que mi casa fuera como en “Pinterest”, ideal y sin esfuerzo, y solamente de esa manera sentía que verdaderamente mi casa era mi hogar. La perfección estaba acaparando mi corazón y dictando que solamente cuando mi casa esté completamente perfecta es ahí (y sólo ahí) que voy a tener paz y disfrutar de tiempo de calidad con mi esposo.

Vivía engañada pensando que necesitaba las circunstancias perfectas, la decoración perfecta y la cena perfecta para disfrutar de un hogar, y que solamente cuando esas cosas estuvieran en su lugar, entonces iba a tener mejores citas en casa con mi esposo y poder recibir visitas como se debe. Esto causó que en el primer año de casados nos privamos de crear oportunidades de recibir amigos y familia para que disfrutaran el simplemente estar con nosotros. Nos volvimos cómodos encerrados en nuestro pequeño mundo esperando las condiciones perfectas para ejercer hospitalidad y procurar vivir en comunidad dentro de nuestro hogar. Pusimos como prioridad la condición física de nuestra casa, aún sobre la condición espiritual de nuestro hogar.

La misión: Reflejar a Cristo

Mientras ha pasado el tiempo he podido entender (y estoy en constante aprendizaje), que crear un hogar centrado en el Evangelio y la hospitalidad va mucho más allá de tener un hogar ideal según una aplicación. Podemos, a través de la gracia, el amor incondicional, la paz y el orden de Dios en nuestro hogar, reflejar el carácter de nuestro Cristo con toda libertad. Podemos crear, intencionalmente, espacios en nuestro hogar en los que se facilite la comunidad y que compartamos Su Palabra cotidianamente.

Cuando rendimos el anhelo de la perfección, y damos lugar a la visión de Dios para nuestro hogar, se abre un mundo de posibilidades para ser las manos y pies de Cristo. Somos libres para crear un hogar que haga sentir bienvenido a todo el que llega y se sienta aceptado y amado incondicionalmente así como Dios nos acepta y ama. Ya no se trata de tener los vasos y platos perfectos o de presentar un manjar exquisito digno de una foto de “Instagram”, sino de amar como hemos sido amados por Dios a través de Cristo sin apariencias ni máscaras.  Al final del día, Cristo se muestra como el ejemplo perfecto de preparar un hogar. Él está preparando un lugar para cada una de nosotras junto a Él en el cielo.

“En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y, si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté” (Juan 14:2-3 NVI)

Enseñando a las más jóvenes en nuestro hogar

Es realmente increíble cómo Dios nos otorga a nosotras las mujeres el honor y privilegio de reflejarle mientras formamos nuestros hogares. Tito 2 del versículo 3 al 5 nos muestra claramente que se nos fue dada la tarea de (entre otras cosas) ser “cuidadosas del hogar”. Cabe destacar que a pesar de que menciona a las ancianas, ciertamente no debemos automáticamente excluirnos de este principio si somos mujeres adultas. Siempre conoceremos a alguna mujer más joven que nosotras y eso nos hace “ancianas” en el buen sentido de la palabra, por lo que todas podemos incluirnos en este mandato.

“A las ancianas, enséñales que sean reverentes en su conducta, y no calumniadoras ni adictas al mucho vino. Deben enseñar lo bueno y aconsejar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser sensatas y puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sumisas a sus esposos, para que no se hable mal de la palabra de Dios” (Tito 2:3-5 NVI)

La palabra “cuidadosas” en el griego es “oikourós”, una palabra compuesta que contiene dentro de su significado “un guardia o cuidador”. Por lo que es un buen recordatorio de que formar nuestro hogar no implica controlar todo lo que pasa, ni vivir frenética por el orden. Tampoco implica que seamos descuidadas y no tomemos en serio este rol. Más bien implica que literalmente debemos cuidarlo, cultivarlo, nutrirlo y por la gracia de Dios convertirlo en un lugar seguro para crecer en el amor y temor de Dios junto a nuestra familia.

Somos administradoras, no dueñas

El deseo de alcanzar la perfección en nuestro hogar puede tener muchas raíces. Pero he aprendido que una de las más claves es el orgullo de pensar que todo lo que tenemos nos pertenece. Nos hemos convencido que si todo lo que tenemos es por nuestro esfuerzo, entonces podemos controlar todo lo que pasa en nuestro hogar. Pero la Palabra de Dios nos llama administradoras. Un administrador es alguien a quien se le delega responsabilidades en un lugar y debe rendir cuentas al dueño de ese lugar, y eso somos. Todo lo que tenemos, nuestros dones y talentos, nuestro intelecto, nuestra familia y el lugar donde vivimos fueron maravillosa e intencionalmente otorgados por Dios para que lo administremos para Su gloria. Dios nos prestó nuestro hogar en esta tierra y todos los que habitan adentro también.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” (1 Pedro 4:10 NVI)

Por lo tanto, lo aceptemos o no, nosotras las mujeres somos claves en determinar la atmósfera de nuestro hogar. Somos el termómetro que muestra la condición espiritual en la que se encuentra nuestra familia. Podemos llenar nuestro hogar de crítica, conflicto constante y falta de perdón; o podemos día a día rendirnos y decidir considerar a los demás como superiores a nosotras y amarlos incondicionalmente (Filipenses 2:3). Es un proceso largo (yo me considero aprendiendo día a día este principio y seguiré aprendiendo por los años que me restan por delante), pero es importante pedirle al Señor un anhelo especial por reflejar a Cristo en nuestro hogar, y que nos enseñe a crear espacios que faciliten esto.

Que el Señor nos dé una mentalidad de “administradoras de Su gracia” mientras poco a poco aprendemos a formar un hogar donde se haga normal responder al Evangelio mientras lo proclamamos de diferentes maneras en el día a día en las diferentes etapas y circunstancias que vivimos.

La meta: la alabanza a Cristo

 ¿Y cuál es el punto de todo esto? ¿Por qué molestarnos en trabajar para crear una atmósfera en nuestro hogar que refleje a Cristo? La respuesta es: “para que Dios sea alabado”.

“El que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios; el que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios. Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pedro 4:11 NVI)

La gran comisión de ir por todo el mundo y hacer discípulos (Mateo 28:18-20) comienza en nuestro hogar. Y solamente Dios puede recibir alabanza por aquellos que han reconocido que sólo en Cristo hay perdón de nuestros pecados, gracia y amor incondicional. Podemos abrazar la responsabilidad de cuidar de nuestro hogar para reflejar a Cristo cuando Dios pone un amor por las almas que aún no pueden alabarle porque no le conocen.

Vale la pena rendir nuestro anhelo de perfección y todos los conceptos aprendidos del mundo sobre cómo debe ser nuestro hogar y sustituirlo por la misión de Dios para los que nos rodean. Que Cristo sea alabado tanto por los que viven en nuestro hogar como por los que lo visitan. ¡Qué el Señor nos ayude!

“Que te alaben, oh Dios, los pueblos; que todos los pueblos te alaben” (Salmo 67:5 NVI)

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